Una vez hubo una revolución
¿Cuáles fueron los errores y las carencias de un movimiento revolucionario que derribó en julio de 1979 la dictadura de Somoza con la fuerza de las armas, en medio del entusiasmo popular y con la tolerancia de la Administración de Carter? ¿Qué se hicieron de las transformaciones revolucionarias? ¿Qué ha quedado de toda aquella empresa histórica? Si se arriba a Nicaragua envuelto en el romanticismo de la revolución sandinista, lo primero que uno se pregunta es: ¿Hubo alguna vez una revolución?
Postales vivas de Nicaragua
Postal 1. 2004 (Monimbó) –Foto: Sergio Ramírez-
Una madrugada de comienzos de este año, Manuel Salvador Monge, "El Chirizo", fue asesinado a estocadas de bayoneta durante una riña de cantina en el barrio de Monimbó, en Masaya. La víctima pasaba los cincuenta años, y a la hora de su muerte discutía con el hechor, un adolescente que ni siquiera lo conocía, acerca de quién de los dos era más hombre, dice la crónica policial. El adolescente ignoraba que había matado a uno de los integrantes del comando que bajo la jefatura de Edén Pastora tomó por asalto el Palacio Nacional en Managua, el 22 de agosto de 1978, uno de los hechos decisivos en la caída de la dictadura dinástica de la familia Somoza. Un héroe, pobre toda su vida, y olvidado, había caído en un oscuro pleito de borrachos.
Postal 2. 1979 (Siuna) –Foto: Eduardo Galeano-
José Villarreina, casado, tres hijos. Minero de la empresa norteamericana Rosario Mines, que hace setenta años volteó al presidente Zalaya. Desde 1952, Villarreina escarba oro en los socavoces de Siuna; pero sus pulmones no están todavía del todo podridos. A la una y media de la tarde del 3 de julio de 1979, Villarreina asoma por una de las chimeneas del socavón y un vagón de mineral le arranca la cabeza. Treinta y cinco minutos después, la empresa comunica al muerto que de conformidad con lo dispuesto por los artículos 18, 115, y 119 del Código de Trabajo, queda suspendido por incumplimiento de contrato.
Postal 3. 1983 (Río Tuma) –Foto: Eduardo Galeano-
Entre la dignidad y el desprecio andan zumbando las balas en Nicaragua; y a muchos la guerra les apaga la vida. Éste es uno de los batallones que están peleando contra los invasores. Desde los barrios más pobres de Managua han venido estos voluntarios hasta los lejanos llanos del río Tuma. Cada vez que cesa el estrépito, el Beto, el profe, contagia letras. El contagio ocurre cuando algún miliciano le pide que le escriba una carta. El Beto cumple y después:
-Ésta es la última que te escribo. Te ofrezco algo mejor.
Sebastián Fuertes, soldador de hierro del barrio El Maldito, hombre de unos cuantos años y guerras y mujeres, es unos de los que se arrimó y fue condenado a la alfabetización. Lleva unos pocos días rompiendo grafos y desgarrando papeles en los respiros del tiroteo, y aguantándose a pie firme mucha broma pesada, cuando llega el primero de mayo y sus compañeros lo eligen para el discurso. En un potrero lleno de bosta y garrapatas, se celebra el acto. Sebastián se alza sobre un cajón, saca del bolsillo un papelito doblado y lee las primeras palabras nacidas de su mano. Lee de lejos, estirando el brazo, porque la vista no lo ayuda y lentes no tiene:
- ¡Hermanos del batallón 8221!...
Postal 4. 2004 (Managua) –Foto: Sergio Ramírez-
Pero no sólo los héroes que sobrevivieron a la lucha contra el último de los Somoza se pierden hoy en el olvido. También los que cayeron combatiendo entonces van siendo relegados, y sus nombres, con los que al triunfo de la revolución fueron bautizados barrios, hospitales, mercados, escuelas, pasan al destierro o comparten glorias con los nombres que esos sitios tenían bajo la dictadura. Amargas ironías. Un barrio de Managua, que se llamaba Colonia Salvadorita en honor a la esposa del primero de los Somoza, pasó a llamarse Colonia Cristián Pérez, en homenaje a un mártir de la resistencia urbana asesinado en Managua pocos meses antes de la victoria. Hoy la colonia se conoce como Salvadorita-Cristián Pérez.
Postal 5. 1983 (Managua) –Foto: Sergio Ramírez-
El mandatario sueco Olof Palme visitó Nicaragua por única vez en 1983. Lo agasajamos con todos los honores. Al bajar del avión, vestido con un traje de cáñamo color marfil, muy martajado por las largas horas del viaje, pasó revista al lado de Daniel Ortega -presidente en ese entonces de Nicaragua- a la tropa de ceremonias. Siempre me pareció que se escondía del protocolo como algo molesto y banal. De vuelta en Estocolmo, después de tres días entre nosotros, nos envió un mensaje muy breve: “Cuídense, se están alejando del pueblo”.
Postal 6. 2004 (Managua) –Foto: Philippe de Dinechin
[1]-
Llegué a Nicaragua con la curiosidad de pisar esa tierra sufrida, pero que al mismo tiempo tanta esperanza levantó. No solamente para ella misma sino para varios pueblos del continente que vivían en ese tiempo, bajo el yugo de dictaduras feroces. ¿En que cosas el proceso revolucionario marcó al país? Una semana es bien poco para contestar... Bien poco para conocer...
Pero creo que el legado de la revolución es la democracia misma y tal vez las cooperativas agrícolas... No es nada. En cuanto a la igualdad o la justicia ya estamos lejos... “los muchachos” se han alejado del pueblo, como lo predecía O. Palme cuando se encontró con los dirigentes sandinistas. Y en mi corto viaje tuve la oportunidad de encontrarme con Miguel d’Escoto, sacerdote y canciller de la Junta de Gobierno sandinista, que se dedica a un vivero para salvar especies de árboles raros y crear un lugar de encuentro y de retiro en Managua. Cuando me hablaba de los árboles, pensaba en los hombres que tanto habían creído en la revolución. Y llegue a la dura conclusión de que el mundo ideal no existe, pero eso no impide su búsqueda.
¿Valió la pena la guerra?
Estas postales muestran de alguna manera el retrato vivo de Nicaragua. Imágenes de una lucha amarga, de muerte, de agotamiento, de miserias, de ideales y utopías. Pero el romanticismo sin reflexión puede ser tan peligroso como una bala de Somoza, de Videla o Pinochet. La distancia de los acontecimientos nos permite observar como las estructuras políticas, sociales y económicas dentro de un contexto determinado, sin quitarle mérito alguno a la lucha sandinista, posibilitaron la caída de Somoza. Paradójicamente, un país que históricamente ha sido intervenido por EEUU, esta vez, con el guiño de Carter, logró que el dictador Somoza dejara el poder. Éste y otros factores coyunturales ayudaron a que cayera el dictador, como lo explica el ex vicepresidente de la Revolución Sandinista, Sergio Ramírez[2], en su libro Adiós muchachos[3].
Hay que recordar que es Carter quien demora una entrega importante de dinero a Somoza, y también es el mismo Carter el que le retira su apoyo militar en el ’79. El embajador norteamericano Lawrence Pezzulo fue quien estuvo a cargo de la misión de forzar la renuncia de Somoza. “La renuncia de Somoza la tengo aquí, ustedes deben ponerle la fecha”, le dijo un hombre de la administración Carter a la junta del FSLN. ¿Podría haber triunfado el FSLN sin el apoyo de la administración de Carter? Lo cierto es que a esa altura la URSS tenía sus propios intereses estratégicos y Nicaragua no estaba dentro de sus prioridades, sobre todo después de la llegada de Gorbachov en 1985. La URSS, desde el principio del conflicto, no tuvo entusiasmo en abrir otro flanco de tensión -adicional al de Cuba- con EEUU en América Latina.
Irónicamente, EEUU era en ese momento el mejor aliado de Nicaragua. El embajador por EEUU, William Bowdler, un experimentado diplomático que trabajó en Cuba hasta el cierre de la embajada, fue fundamental en las negociaciones en las puertas del triunfo revolucionario. Pese a las diferencias entre EEUU y Nicaragua en las condiciones que debían establecerse para el gobierno de transición, Bowdler fue quien reconoció, por primera vez, al gobierno revolucionario como tal y estuvo presente en la ceremonia final del traspaso.
La administración Reagan en los ’80 trajo otra vez el histórico papel intervencionista de EEUU sobre Nicaragua. Pero el gobierno nicaragüense tendría un enemigo peor que Reagan y la contra. El enemigo no era exógeno, nacía de las mismas entrañas del gobierno sandinista. El proyecto que quiso desarrollar la cúpula del FSLN, debido a la inexperiencia y la incapacidad de leer el contexto nacional e internacional, quedó evidenciado en algunas de las medidas políticas tomadas. Los desaciertos políticos de un joven gobierno que contó con los pobres para la lucha, pero no para el poder, terminó en forma trágica. Una de esas medidas política erróneas fue la reforma agraria. Al principio, el gobierno sandinista pretendió organizar con la tierra reformada unidades de producción estatal, donde los campesinos serían huéspedes productores, después que durante la lucha armada se había prometido entregarla en propiedad. Esto trajo agudas inconformidades, tales que muchos se sumaron en el campo a las fuerzas de la contra. La rectificación vino tarde, cuando la guerra había recrudecido. Y se hizo mal, porque la medida volvió a caer en los pruritos ideológicos. Las tierras no podrían heredarse ni venderse. La revolución violaba de esta manera la más sagrada de las promesas y producía el primero de sus grandes desencantos. Los contras aprovecharon ese desencanto para sumar gente a sus filas con un discurso claro, sin dobleces, para quienes tanto esperaban esas tierras: te quieren quitar tu libertad, tus hijos, tu religión, vas a tener que venderles tus cosechas sólo a ellos, y la poca tierra que tenés te la van a quitar, y si no la tenés, nunca te la van a dar en propiedad.
Otro problema, eran los muchachos entrenados en los rudimentos de las ideas marxistas, cuenta Ramírez. Éstos habían asumido puestos de responsabilidad partidaria en las áreas rurales que no conocían, porque venían de las ciudades del Pacífico. Ellos medían la conducta de la gente sencilla bajo esquemas ideológicos aprendidos en los manuales. Los términos a la usanza, campesino rico, burgués, pequeñoburgués, explotador, confundían y atemorizaban. Explotadores habían pasado a ser en las montañas lejanas todos los que poseían algo: un camión, una pulpería, una finca, y por ende, estaban en la lista de los enemigos a neutralizar.
La crítica más certera al sandinismo también nace de sus propias entrañas y en la voz de su ex vicepresidente, Sergio Ramírez: “Todos, desde arriba, pensábamos en la revolución en términos de teoría o de ideal, y esa concepción mental trataba de ser aplicada o impuesta a la sociedad y a la gente de carne y hueso como el campesino humilde y acobardado que me entregaba el rifle. Le proponíamos el viaje incomprensible de lo primitivo a lo moderno, pero él se negaba y había tomado un arma para oponerse. El abismo era peor frente a los indígenas miskitos, sumos y ramas de la costa del Caribe, quienes nos eran absolutamente desconocidos. Pretendimos integrarlos de la noche a la mañana a la revolución y sus valores a la vida moderna, al bienestar. Era un paternalismo ideológico. No conocíamos nada de su cultura, sus lenguas, sus creencias religiosas y sus formas de organización social”.
Las estructuras políticas, sociales y económicas contra las que peleaba el régimen sandinista no pudo quebrarse, y terminó con la derrota del sueño del FSLN en el mismo momento que la riqueza se reacomodó de nuevo -en términos estructurales- a la realidad de los años anteriores a 1979. Con la diferencia de que muchos de los que alentaron aquel sueño son parte ahora de ese reacomodo.
Pero Ramírez se equivoca cuando dice que, “la gran paradoja del sandinismo fue que dejó en herencia lo que no se propuso: la democracia, y no pudo heredar lo que se propuso: el fin del atraso, la pobreza y la marginación". Probablemente porque su libró se publicó en 1999 y no alcanzó a observar el llamado “pacto”. El Partido Liberal Constitucionalista (PLC) de Arnoldo Alemán inició conversaciones a finales de 2000 con su principal partido opositor, el Partido Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) liderado por el ex presidente Daniel Ortega. El resultado de esta negociación fue el “pacto” -como lo llamó la población nicaragüense-, que previo a las elecciones generales de noviembre de 2001, profundizó el reparto de las principales instituciones públicas tales como: la Corte Suprema de Justicia, la Contraloría General de la República y el Consejo Supremo Electoral. El “pacto” prácticamente terminó con la oposición en el Parlamento y con el sistema judicial independiente. El “pacto” liberal-sandinista implicó el cierre de espacios de participación, de la distribución bipartidista de los poderes y de las instituciones del Estado, además de la repartición -para los dos mayores partidos- de los asientos en el Consejo Supremo Electoral, la Corte Suprema, y otras agencias públicas.
Los errores que cometió el FSLN durante su gobierno 1979/1990 alejaron al sandinismo del poder. Perdió las tres elecciones siguientes en Nicaragua. Qué la derecha y los neoliberales tienen la experiencia de mandar, de estar en el poder, de fijar las reglas políticas y económicas, es una verdad que no se discute. Y es esa misma experiencia la que les faltó a los sandinistas que, sin otros referentes, se aferraron a los esquemas ideológicos marxistas-leninistas que ya estaban fracturándose y por su dogmatismo rígido no pudieron sortearlos. Tampoco pudieron entender el cambio que se avecinaba en las elecciones de los ’90 frente a Violeta Chamorro. Otra vez el mismo dogmatismo duro no les permitió darse cuenta que, la idea de que todas las madres veían la muerte de sus hijos en la guerra como un sacrificio necesario había desaparecido. No se le podía pedir más a la gente que debía hacerse cargo del impacto que causaban los muertos en su localidad y además tratar de asegurar votos. Paradójicamente, una filosofía que obtenía su energía de la muerte, empezó a perderla por exceso de muerte. Violeta Chamorro lo entendió. También lo entendió la flamante administración del gobierno de George Bush en 1989, que vio en las elecciones la posibilidad de terminar con el sandinismo. Y así lo hizo. Financió a la Unión Nacional Opositora (UNO) de Chamorro y mantuvo la amenaza militar de los contras hasta el final.
Ramírez cuenta en su libro que en las encuestas que hicieron antes de las elecciones, la paz era un tema clave. Pero que podía más el viejo sentido mesiánico del poder que conectaba con la idea de la revolución popular -con toda su parafernalia ideológica- al respaldo incondicional de los pobres. Esta rigidez acabó con el FSLN que no entendió el cambio social y la demanda de la gente. El gobierno sandinista convirtió al Servicio Militar Patriótico (SMP) obligatorio como una variable política irrenunciable e innegociable. La insistencia en la violencia afectó profundamente al FSLN, un error que Chamorro supo aprovechar para sí en sus discursos, como así también en su puesta en escena, toda vestida de blanco.
Para entender la derrota contra Chamorro, no alcanza con explicar la ayuda económica y militar prestada por la Administración de Reagan a la contra nicaragüense, un factor desestabilizador que obligó al Gobierno de Managua a aceptar el arbitraje internacional del Grupo de Contadora (México, Colombia, Venezuela y Panamá.) La agresión armada financiada por EEUU no sólo produjo miles de muertos, heridos y desplazados, sino que además causó la destrucción material de la economía nicaragüense. Ramírez, sin infravalorar el papel letal desempeñado por la brutal injerencia estadounidense, reconoce que la guerra "aunque alentada desde fuera, llegó a enfrentar al país no estrictamente en términos de clase, ricos vendepatrias contra pobres sandinistas; lo desgarró de arriba abajo, como un cuchillo metido en su entraña misma, cortando a todas las clases sociales y dividiéndolas". Pero no fue la guerra el único factor de la debacle. Ramírez se pregunta con sinceridad brutal: "¿Hubiéramos creado prosperidad sin una guerra de agresión?" Y su respuesta no es menos dura: "pienso que aun sin guerra, las sustancias filosóficas del modelo que buscábamos aplicar habrían conducido de todos modos a un colapso económico, a no ser por una evolución pacífica del sistema hacia una economía mixta real, lo que a su vez hubiera demandado una mayor apertura política". Una apertura política que en ese momento era imposible consentir para un movimiento que se había tornado tan radical y que insistía en aplicar un recetario marxista-leninista vencido. Nicaragua fue también un laboratorio para los movimientos católicos inspirados por el neomilenarismo de la teología de la liberación. Pero esa empobrecida sociedad rural centroamericana no estaba en condiciones de resistir el experimento impulsado por dos creencias salvadoras.
Ramírez entiende que desde el comienzo de los años noventa, tras la derrota electoral del sandinismo, los ideales de solidaridad y entrega a los más pobres y necesitados pasaron a ser sustituidos por el culto exacerbado al individuo. Para el ex vicepresidente sandinista, “el reino prometido es hoy para los jóvenes el de las oportunidades personales, y la nueva filosofía sin cuestionamiento dice que yo soy mi propio prójimo. Por supuesto, el sálvese quien pueda campea hoy en América Latina. Pero sólo en Nicaragua hubo una revolución”.
Pero aún faltaba lo peor. El Frente Sandinista consintió que el gobierno de Chamorro privatizara el grueso de los bienes y empresas estatales, a cambio de un 30% de esos bienes y empresas que pasarían a mano de los trabajadores, una operación que nunca se dio. Los verdaderos beneficiarios fueron líderes sindicales corruptos, que en su mayoría vendieron luego su participación, y dirigentes del propio Frente Sandinista, ahora parte de la elite de nuevos ricos de Nicaragua. Esta práctica se conoció como la piñata, esto es, la apropiación legalizada a nombre propio de viviendas, fincas y negocios requisados diez años antes por la revolución. Ramírez lamenta con amarga ironía que de la vieja terminología revolucionaria sólo hayan quedado palabras como piñata: "Mil veces peor que la derrota electoral fue la piñata. Esta operación de demolición que hundió, antes que nada, una opción de conducta frente a la vida, y que aún no ha terminado". Y la ética revolucionaria, ¿adónde fue a parar?, se pregunta el ex líder sandinista. En Nicaragua, asegura Ramírez, veinticinco años después de la revolución, nunca antes la riqueza ha estado peor repartida, ni han sido tantos los pobres que arañan en los basureros de Acahualinca sobrevolados por los zopilotes, o que recorren en bandadas las vecindades de los semáforos en las calles de Managua vendiendo de todo.
Pero entonces, ¿valió la pena la guerra?¿Qué se consiguió?. Fundamentalmente, acabar con la dictadura militar de Somoza y el espionaje de la vida de los ciudadanos, detenciones arbitrarias, desapariciones, cárceles secretas y escuadrones de la muerte. El Frente Sandinista logró movilizar al pueblo en aquella lucha contra Somoza. Además consiguió la desaparición de la Guardia Nacional creada por los mismos EEUU en 1927, y el Ejército Nacional y la Policía Nacional, instituciones creadas por la revolución, pasaron a estar sometidas al poder civil.
Pero el error del FSLN fue no entender los cambios estructurales nacionales y mundiales, y abrazarse a su estructura vertical de viejos manuales leninistas, a la imposición de la guerra que ya nadie quería y del caudillismo de Daniel Ortega, herencia cultural de muchos países de América Latina.
Es urgente revisar los viejos manuales y actualizarlos e “inventar” nuevas formas de poder para no repetir viejas fórmulas anquilosadas y/o revoluciones fracasadas. Porque las revoluciones no son sólo guerras o proyectos fracasadas, son, además, miles de muertos que edifican esa idea. El sacerdote Ernesto Cardenal, que fue amonestado públicamente en 1983 por el Papa Juan Pablo II en su visita a Nicaragua y suspendido por el Vaticano por su vinculación al gobierno sandinista, supo sintetizar en su poema[4] ese compromiso:
Pero entonces, ¿qué quedó de la empresa revolucionaria? Quedaron miles de muertos y con ellos un compromiso, una actitud de vida, como le señaló una joven madre sandinista a su hija en una carta antes de morir en la guerra. Quedó la esperanza de un cambio legítimo, verdadero, atrevido en sus formas y sus propuestas. Quedó la ilusión de superar fórmulas anquilosadas, fosilizadas, sin creatividad. Ideas capaces de responder a los cambios vertiginosos de la política mundial y nacional. Quedó la agonía de sostener proyectos verdaderamente alternativos, utopía que no debe ser “traicionada” en nombre de los que entregaron su vida en ese sueño. Quedó la dura enseñanza de que el romanticismo debe arroparse de realismo y no adornar o modernizar los proyectos para que sean funcionales y sustenten enmascaradamente la esencia de lo que se intentó destruir. La idea del cambio y de la revolución que llevó a empeñar su vida en acciones audaces a héroes anónimos como Manuel Salvador Gómez, ‘El Chirizo’, no debe morir.
[1] Director de la ONG Comparte.
[2] Sergio Ramírez, escritor, militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que, tras décadas de lucha, derrocó al dictador Anastasio Somoza. Fue miembro, junto a Violeta Chamorro, Moisés Hassan, Daniel Ortega y Alfonso Robelo, de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional que se formó en 1979, año en que los guerrilleros del FSLN tomaron Managua. Luego, en 1985, alcanzó la vicepresidencia del Gobierno, con Daniel Ortega como presidente. Cinco años después de la derrota electoral de 1990 frente a Violeta Chamorro, rompió con la jerarquía sandinista e intentó una renovación política de la izquierda que fracasó estrepitosamente en una candidatura presidencial por el Movimiento Renovador Sandinista. Ramírez regresó entonces a la literatura y publicó su autocrítica de la revolución sandinista en su libro: Adiós muchachos. La revolución nicaragüense de 1979, la última causa que contó con un abrumador apoyo popular en el mundo entero, comparable a la solidaridad con la República durante la guerra civil española.
[3] Ramírez, Sergio (1999), Adiós muchachos: una memoria de la Revolución Sandinista, Madrid, El País-Aguilar.
[4] Ib, Idem, pág.46-47.
Postales vivas de Nicaragua
Postal 1. 2004 (Monimbó) –Foto: Sergio Ramírez-
Una madrugada de comienzos de este año, Manuel Salvador Monge, "El Chirizo", fue asesinado a estocadas de bayoneta durante una riña de cantina en el barrio de Monimbó, en Masaya. La víctima pasaba los cincuenta años, y a la hora de su muerte discutía con el hechor, un adolescente que ni siquiera lo conocía, acerca de quién de los dos era más hombre, dice la crónica policial. El adolescente ignoraba que había matado a uno de los integrantes del comando que bajo la jefatura de Edén Pastora tomó por asalto el Palacio Nacional en Managua, el 22 de agosto de 1978, uno de los hechos decisivos en la caída de la dictadura dinástica de la familia Somoza. Un héroe, pobre toda su vida, y olvidado, había caído en un oscuro pleito de borrachos.
Postal 2. 1979 (Siuna) –Foto: Eduardo Galeano-
José Villarreina, casado, tres hijos. Minero de la empresa norteamericana Rosario Mines, que hace setenta años volteó al presidente Zalaya. Desde 1952, Villarreina escarba oro en los socavoces de Siuna; pero sus pulmones no están todavía del todo podridos. A la una y media de la tarde del 3 de julio de 1979, Villarreina asoma por una de las chimeneas del socavón y un vagón de mineral le arranca la cabeza. Treinta y cinco minutos después, la empresa comunica al muerto que de conformidad con lo dispuesto por los artículos 18, 115, y 119 del Código de Trabajo, queda suspendido por incumplimiento de contrato.
Postal 3. 1983 (Río Tuma) –Foto: Eduardo Galeano-
Entre la dignidad y el desprecio andan zumbando las balas en Nicaragua; y a muchos la guerra les apaga la vida. Éste es uno de los batallones que están peleando contra los invasores. Desde los barrios más pobres de Managua han venido estos voluntarios hasta los lejanos llanos del río Tuma. Cada vez que cesa el estrépito, el Beto, el profe, contagia letras. El contagio ocurre cuando algún miliciano le pide que le escriba una carta. El Beto cumple y después:
-Ésta es la última que te escribo. Te ofrezco algo mejor.
Sebastián Fuertes, soldador de hierro del barrio El Maldito, hombre de unos cuantos años y guerras y mujeres, es unos de los que se arrimó y fue condenado a la alfabetización. Lleva unos pocos días rompiendo grafos y desgarrando papeles en los respiros del tiroteo, y aguantándose a pie firme mucha broma pesada, cuando llega el primero de mayo y sus compañeros lo eligen para el discurso. En un potrero lleno de bosta y garrapatas, se celebra el acto. Sebastián se alza sobre un cajón, saca del bolsillo un papelito doblado y lee las primeras palabras nacidas de su mano. Lee de lejos, estirando el brazo, porque la vista no lo ayuda y lentes no tiene:
- ¡Hermanos del batallón 8221!...
Postal 4. 2004 (Managua) –Foto: Sergio Ramírez-
Pero no sólo los héroes que sobrevivieron a la lucha contra el último de los Somoza se pierden hoy en el olvido. También los que cayeron combatiendo entonces van siendo relegados, y sus nombres, con los que al triunfo de la revolución fueron bautizados barrios, hospitales, mercados, escuelas, pasan al destierro o comparten glorias con los nombres que esos sitios tenían bajo la dictadura. Amargas ironías. Un barrio de Managua, que se llamaba Colonia Salvadorita en honor a la esposa del primero de los Somoza, pasó a llamarse Colonia Cristián Pérez, en homenaje a un mártir de la resistencia urbana asesinado en Managua pocos meses antes de la victoria. Hoy la colonia se conoce como Salvadorita-Cristián Pérez.
Postal 5. 1983 (Managua) –Foto: Sergio Ramírez-
El mandatario sueco Olof Palme visitó Nicaragua por única vez en 1983. Lo agasajamos con todos los honores. Al bajar del avión, vestido con un traje de cáñamo color marfil, muy martajado por las largas horas del viaje, pasó revista al lado de Daniel Ortega -presidente en ese entonces de Nicaragua- a la tropa de ceremonias. Siempre me pareció que se escondía del protocolo como algo molesto y banal. De vuelta en Estocolmo, después de tres días entre nosotros, nos envió un mensaje muy breve: “Cuídense, se están alejando del pueblo”.
Postal 6. 2004 (Managua) –Foto: Philippe de Dinechin
[1]-
Llegué a Nicaragua con la curiosidad de pisar esa tierra sufrida, pero que al mismo tiempo tanta esperanza levantó. No solamente para ella misma sino para varios pueblos del continente que vivían en ese tiempo, bajo el yugo de dictaduras feroces. ¿En que cosas el proceso revolucionario marcó al país? Una semana es bien poco para contestar... Bien poco para conocer...
Pero creo que el legado de la revolución es la democracia misma y tal vez las cooperativas agrícolas... No es nada. En cuanto a la igualdad o la justicia ya estamos lejos... “los muchachos” se han alejado del pueblo, como lo predecía O. Palme cuando se encontró con los dirigentes sandinistas. Y en mi corto viaje tuve la oportunidad de encontrarme con Miguel d’Escoto, sacerdote y canciller de la Junta de Gobierno sandinista, que se dedica a un vivero para salvar especies de árboles raros y crear un lugar de encuentro y de retiro en Managua. Cuando me hablaba de los árboles, pensaba en los hombres que tanto habían creído en la revolución. Y llegue a la dura conclusión de que el mundo ideal no existe, pero eso no impide su búsqueda.
¿Valió la pena la guerra?
Estas postales muestran de alguna manera el retrato vivo de Nicaragua. Imágenes de una lucha amarga, de muerte, de agotamiento, de miserias, de ideales y utopías. Pero el romanticismo sin reflexión puede ser tan peligroso como una bala de Somoza, de Videla o Pinochet. La distancia de los acontecimientos nos permite observar como las estructuras políticas, sociales y económicas dentro de un contexto determinado, sin quitarle mérito alguno a la lucha sandinista, posibilitaron la caída de Somoza. Paradójicamente, un país que históricamente ha sido intervenido por EEUU, esta vez, con el guiño de Carter, logró que el dictador Somoza dejara el poder. Éste y otros factores coyunturales ayudaron a que cayera el dictador, como lo explica el ex vicepresidente de la Revolución Sandinista, Sergio Ramírez[2], en su libro Adiós muchachos[3].
Hay que recordar que es Carter quien demora una entrega importante de dinero a Somoza, y también es el mismo Carter el que le retira su apoyo militar en el ’79. El embajador norteamericano Lawrence Pezzulo fue quien estuvo a cargo de la misión de forzar la renuncia de Somoza. “La renuncia de Somoza la tengo aquí, ustedes deben ponerle la fecha”, le dijo un hombre de la administración Carter a la junta del FSLN. ¿Podría haber triunfado el FSLN sin el apoyo de la administración de Carter? Lo cierto es que a esa altura la URSS tenía sus propios intereses estratégicos y Nicaragua no estaba dentro de sus prioridades, sobre todo después de la llegada de Gorbachov en 1985. La URSS, desde el principio del conflicto, no tuvo entusiasmo en abrir otro flanco de tensión -adicional al de Cuba- con EEUU en América Latina.
Irónicamente, EEUU era en ese momento el mejor aliado de Nicaragua. El embajador por EEUU, William Bowdler, un experimentado diplomático que trabajó en Cuba hasta el cierre de la embajada, fue fundamental en las negociaciones en las puertas del triunfo revolucionario. Pese a las diferencias entre EEUU y Nicaragua en las condiciones que debían establecerse para el gobierno de transición, Bowdler fue quien reconoció, por primera vez, al gobierno revolucionario como tal y estuvo presente en la ceremonia final del traspaso.
La administración Reagan en los ’80 trajo otra vez el histórico papel intervencionista de EEUU sobre Nicaragua. Pero el gobierno nicaragüense tendría un enemigo peor que Reagan y la contra. El enemigo no era exógeno, nacía de las mismas entrañas del gobierno sandinista. El proyecto que quiso desarrollar la cúpula del FSLN, debido a la inexperiencia y la incapacidad de leer el contexto nacional e internacional, quedó evidenciado en algunas de las medidas políticas tomadas. Los desaciertos políticos de un joven gobierno que contó con los pobres para la lucha, pero no para el poder, terminó en forma trágica. Una de esas medidas política erróneas fue la reforma agraria. Al principio, el gobierno sandinista pretendió organizar con la tierra reformada unidades de producción estatal, donde los campesinos serían huéspedes productores, después que durante la lucha armada se había prometido entregarla en propiedad. Esto trajo agudas inconformidades, tales que muchos se sumaron en el campo a las fuerzas de la contra. La rectificación vino tarde, cuando la guerra había recrudecido. Y se hizo mal, porque la medida volvió a caer en los pruritos ideológicos. Las tierras no podrían heredarse ni venderse. La revolución violaba de esta manera la más sagrada de las promesas y producía el primero de sus grandes desencantos. Los contras aprovecharon ese desencanto para sumar gente a sus filas con un discurso claro, sin dobleces, para quienes tanto esperaban esas tierras: te quieren quitar tu libertad, tus hijos, tu religión, vas a tener que venderles tus cosechas sólo a ellos, y la poca tierra que tenés te la van a quitar, y si no la tenés, nunca te la van a dar en propiedad.
Otro problema, eran los muchachos entrenados en los rudimentos de las ideas marxistas, cuenta Ramírez. Éstos habían asumido puestos de responsabilidad partidaria en las áreas rurales que no conocían, porque venían de las ciudades del Pacífico. Ellos medían la conducta de la gente sencilla bajo esquemas ideológicos aprendidos en los manuales. Los términos a la usanza, campesino rico, burgués, pequeñoburgués, explotador, confundían y atemorizaban. Explotadores habían pasado a ser en las montañas lejanas todos los que poseían algo: un camión, una pulpería, una finca, y por ende, estaban en la lista de los enemigos a neutralizar.
La crítica más certera al sandinismo también nace de sus propias entrañas y en la voz de su ex vicepresidente, Sergio Ramírez: “Todos, desde arriba, pensábamos en la revolución en términos de teoría o de ideal, y esa concepción mental trataba de ser aplicada o impuesta a la sociedad y a la gente de carne y hueso como el campesino humilde y acobardado que me entregaba el rifle. Le proponíamos el viaje incomprensible de lo primitivo a lo moderno, pero él se negaba y había tomado un arma para oponerse. El abismo era peor frente a los indígenas miskitos, sumos y ramas de la costa del Caribe, quienes nos eran absolutamente desconocidos. Pretendimos integrarlos de la noche a la mañana a la revolución y sus valores a la vida moderna, al bienestar. Era un paternalismo ideológico. No conocíamos nada de su cultura, sus lenguas, sus creencias religiosas y sus formas de organización social”.
Las estructuras políticas, sociales y económicas contra las que peleaba el régimen sandinista no pudo quebrarse, y terminó con la derrota del sueño del FSLN en el mismo momento que la riqueza se reacomodó de nuevo -en términos estructurales- a la realidad de los años anteriores a 1979. Con la diferencia de que muchos de los que alentaron aquel sueño son parte ahora de ese reacomodo.
Pero Ramírez se equivoca cuando dice que, “la gran paradoja del sandinismo fue que dejó en herencia lo que no se propuso: la democracia, y no pudo heredar lo que se propuso: el fin del atraso, la pobreza y la marginación". Probablemente porque su libró se publicó en 1999 y no alcanzó a observar el llamado “pacto”. El Partido Liberal Constitucionalista (PLC) de Arnoldo Alemán inició conversaciones a finales de 2000 con su principal partido opositor, el Partido Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) liderado por el ex presidente Daniel Ortega. El resultado de esta negociación fue el “pacto” -como lo llamó la población nicaragüense-, que previo a las elecciones generales de noviembre de 2001, profundizó el reparto de las principales instituciones públicas tales como: la Corte Suprema de Justicia, la Contraloría General de la República y el Consejo Supremo Electoral. El “pacto” prácticamente terminó con la oposición en el Parlamento y con el sistema judicial independiente. El “pacto” liberal-sandinista implicó el cierre de espacios de participación, de la distribución bipartidista de los poderes y de las instituciones del Estado, además de la repartición -para los dos mayores partidos- de los asientos en el Consejo Supremo Electoral, la Corte Suprema, y otras agencias públicas.
Los errores que cometió el FSLN durante su gobierno 1979/1990 alejaron al sandinismo del poder. Perdió las tres elecciones siguientes en Nicaragua. Qué la derecha y los neoliberales tienen la experiencia de mandar, de estar en el poder, de fijar las reglas políticas y económicas, es una verdad que no se discute. Y es esa misma experiencia la que les faltó a los sandinistas que, sin otros referentes, se aferraron a los esquemas ideológicos marxistas-leninistas que ya estaban fracturándose y por su dogmatismo rígido no pudieron sortearlos. Tampoco pudieron entender el cambio que se avecinaba en las elecciones de los ’90 frente a Violeta Chamorro. Otra vez el mismo dogmatismo duro no les permitió darse cuenta que, la idea de que todas las madres veían la muerte de sus hijos en la guerra como un sacrificio necesario había desaparecido. No se le podía pedir más a la gente que debía hacerse cargo del impacto que causaban los muertos en su localidad y además tratar de asegurar votos. Paradójicamente, una filosofía que obtenía su energía de la muerte, empezó a perderla por exceso de muerte. Violeta Chamorro lo entendió. También lo entendió la flamante administración del gobierno de George Bush en 1989, que vio en las elecciones la posibilidad de terminar con el sandinismo. Y así lo hizo. Financió a la Unión Nacional Opositora (UNO) de Chamorro y mantuvo la amenaza militar de los contras hasta el final.
Ramírez cuenta en su libro que en las encuestas que hicieron antes de las elecciones, la paz era un tema clave. Pero que podía más el viejo sentido mesiánico del poder que conectaba con la idea de la revolución popular -con toda su parafernalia ideológica- al respaldo incondicional de los pobres. Esta rigidez acabó con el FSLN que no entendió el cambio social y la demanda de la gente. El gobierno sandinista convirtió al Servicio Militar Patriótico (SMP) obligatorio como una variable política irrenunciable e innegociable. La insistencia en la violencia afectó profundamente al FSLN, un error que Chamorro supo aprovechar para sí en sus discursos, como así también en su puesta en escena, toda vestida de blanco.
Para entender la derrota contra Chamorro, no alcanza con explicar la ayuda económica y militar prestada por la Administración de Reagan a la contra nicaragüense, un factor desestabilizador que obligó al Gobierno de Managua a aceptar el arbitraje internacional del Grupo de Contadora (México, Colombia, Venezuela y Panamá.) La agresión armada financiada por EEUU no sólo produjo miles de muertos, heridos y desplazados, sino que además causó la destrucción material de la economía nicaragüense. Ramírez, sin infravalorar el papel letal desempeñado por la brutal injerencia estadounidense, reconoce que la guerra "aunque alentada desde fuera, llegó a enfrentar al país no estrictamente en términos de clase, ricos vendepatrias contra pobres sandinistas; lo desgarró de arriba abajo, como un cuchillo metido en su entraña misma, cortando a todas las clases sociales y dividiéndolas". Pero no fue la guerra el único factor de la debacle. Ramírez se pregunta con sinceridad brutal: "¿Hubiéramos creado prosperidad sin una guerra de agresión?" Y su respuesta no es menos dura: "pienso que aun sin guerra, las sustancias filosóficas del modelo que buscábamos aplicar habrían conducido de todos modos a un colapso económico, a no ser por una evolución pacífica del sistema hacia una economía mixta real, lo que a su vez hubiera demandado una mayor apertura política". Una apertura política que en ese momento era imposible consentir para un movimiento que se había tornado tan radical y que insistía en aplicar un recetario marxista-leninista vencido. Nicaragua fue también un laboratorio para los movimientos católicos inspirados por el neomilenarismo de la teología de la liberación. Pero esa empobrecida sociedad rural centroamericana no estaba en condiciones de resistir el experimento impulsado por dos creencias salvadoras.
Ramírez entiende que desde el comienzo de los años noventa, tras la derrota electoral del sandinismo, los ideales de solidaridad y entrega a los más pobres y necesitados pasaron a ser sustituidos por el culto exacerbado al individuo. Para el ex vicepresidente sandinista, “el reino prometido es hoy para los jóvenes el de las oportunidades personales, y la nueva filosofía sin cuestionamiento dice que yo soy mi propio prójimo. Por supuesto, el sálvese quien pueda campea hoy en América Latina. Pero sólo en Nicaragua hubo una revolución”.
Pero aún faltaba lo peor. El Frente Sandinista consintió que el gobierno de Chamorro privatizara el grueso de los bienes y empresas estatales, a cambio de un 30% de esos bienes y empresas que pasarían a mano de los trabajadores, una operación que nunca se dio. Los verdaderos beneficiarios fueron líderes sindicales corruptos, que en su mayoría vendieron luego su participación, y dirigentes del propio Frente Sandinista, ahora parte de la elite de nuevos ricos de Nicaragua. Esta práctica se conoció como la piñata, esto es, la apropiación legalizada a nombre propio de viviendas, fincas y negocios requisados diez años antes por la revolución. Ramírez lamenta con amarga ironía que de la vieja terminología revolucionaria sólo hayan quedado palabras como piñata: "Mil veces peor que la derrota electoral fue la piñata. Esta operación de demolición que hundió, antes que nada, una opción de conducta frente a la vida, y que aún no ha terminado". Y la ética revolucionaria, ¿adónde fue a parar?, se pregunta el ex líder sandinista. En Nicaragua, asegura Ramírez, veinticinco años después de la revolución, nunca antes la riqueza ha estado peor repartida, ni han sido tantos los pobres que arañan en los basureros de Acahualinca sobrevolados por los zopilotes, o que recorren en bandadas las vecindades de los semáforos en las calles de Managua vendiendo de todo.
Pero entonces, ¿valió la pena la guerra?¿Qué se consiguió?. Fundamentalmente, acabar con la dictadura militar de Somoza y el espionaje de la vida de los ciudadanos, detenciones arbitrarias, desapariciones, cárceles secretas y escuadrones de la muerte. El Frente Sandinista logró movilizar al pueblo en aquella lucha contra Somoza. Además consiguió la desaparición de la Guardia Nacional creada por los mismos EEUU en 1927, y el Ejército Nacional y la Policía Nacional, instituciones creadas por la revolución, pasaron a estar sometidas al poder civil.
Pero el error del FSLN fue no entender los cambios estructurales nacionales y mundiales, y abrazarse a su estructura vertical de viejos manuales leninistas, a la imposición de la guerra que ya nadie quería y del caudillismo de Daniel Ortega, herencia cultural de muchos países de América Latina.
Es urgente revisar los viejos manuales y actualizarlos e “inventar” nuevas formas de poder para no repetir viejas fórmulas anquilosadas y/o revoluciones fracasadas. Porque las revoluciones no son sólo guerras o proyectos fracasadas, son, además, miles de muertos que edifican esa idea. El sacerdote Ernesto Cardenal, que fue amonestado públicamente en 1983 por el Papa Juan Pablo II en su visita a Nicaragua y suspendido por el Vaticano por su vinculación al gobierno sandinista, supo sintetizar en su poema[4] ese compromiso:
Cuando te aplaudan al subir a la tribuna
pensá en los que murieron.
Cuando te lleguen a encontrar al aeropuerto
en la gran ciudad,
pensá
en los que murieron.
Cuando te toca a vos el micrófono, te enfoca la
televisión,
pensá en los que murieron.
Mirálos sin camisa, arrastrados,
echando sangre, con capucha, reventados,
refundidos en las pilas, con la
picana, el ojo sacado,
degollados, acribillados,
botados al borde de la
carretera,
en hoyos que ellos cavaron,
en fosas comunes,
o
simplemente sobre la tierra, abono de plantas de monte:
Vos los representás
a ellos,
ellos delegaron en vos,
los que murieron.
Pero entonces, ¿qué quedó de la empresa revolucionaria? Quedaron miles de muertos y con ellos un compromiso, una actitud de vida, como le señaló una joven madre sandinista a su hija en una carta antes de morir en la guerra. Quedó la esperanza de un cambio legítimo, verdadero, atrevido en sus formas y sus propuestas. Quedó la ilusión de superar fórmulas anquilosadas, fosilizadas, sin creatividad. Ideas capaces de responder a los cambios vertiginosos de la política mundial y nacional. Quedó la agonía de sostener proyectos verdaderamente alternativos, utopía que no debe ser “traicionada” en nombre de los que entregaron su vida en ese sueño. Quedó la dura enseñanza de que el romanticismo debe arroparse de realismo y no adornar o modernizar los proyectos para que sean funcionales y sustenten enmascaradamente la esencia de lo que se intentó destruir. La idea del cambio y de la revolución que llevó a empeñar su vida en acciones audaces a héroes anónimos como Manuel Salvador Gómez, ‘El Chirizo’, no debe morir.
[1] Director de la ONG Comparte.
[2] Sergio Ramírez, escritor, militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que, tras décadas de lucha, derrocó al dictador Anastasio Somoza. Fue miembro, junto a Violeta Chamorro, Moisés Hassan, Daniel Ortega y Alfonso Robelo, de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional que se formó en 1979, año en que los guerrilleros del FSLN tomaron Managua. Luego, en 1985, alcanzó la vicepresidencia del Gobierno, con Daniel Ortega como presidente. Cinco años después de la derrota electoral de 1990 frente a Violeta Chamorro, rompió con la jerarquía sandinista e intentó una renovación política de la izquierda que fracasó estrepitosamente en una candidatura presidencial por el Movimiento Renovador Sandinista. Ramírez regresó entonces a la literatura y publicó su autocrítica de la revolución sandinista en su libro: Adiós muchachos. La revolución nicaragüense de 1979, la última causa que contó con un abrumador apoyo popular en el mundo entero, comparable a la solidaridad con la República durante la guerra civil española.
[3] Ramírez, Sergio (1999), Adiós muchachos: una memoria de la Revolución Sandinista, Madrid, El País-Aguilar.
[4] Ib, Idem, pág.46-47.